lunes, 12 de abril de 2010

Eternas sonrisas


Sonreí como me lo dijeron, mantuve esa expresión horrible que muestran las personas cuando se supone que algo le es agradable. Sin embargo, yo estaba en un ambiente completamente ajeno a lo que llamo una sonrisa con pensamientos de felicidad sinceros.
La señora se acercó a mí mirándome los ojos, los brazos y por ultimo me tomó del mentón para examinarme mejor, supongo que para observar bien lo que podían sacar de mí.
Advertí como el hombre que nos trajo aquí dirigía una mirada diferente a cada uno de los que ahí nos encontrábamos.
Tú eres el valiente, decía desde que me encontró, tú si les vas a gustar y van a hacer algo bueno contigo.
Esa fue la primera y única vez que lloré encontrándome en eso.
Su mirada me dijo que lo hacía bien, que estaba aprendiendo como es que se hacía. Las lágrimas no salieron más de mis ojos como en los casos contrarios de los demás que estaban a mis lados.
De todas formas ellos nunca me habían querido, por alguna razón me dejaban solo en casa rodo el tiempo. Si ese hombre se hubiera dedicado a intentar convencerme para irme con él en vez de llevarme así, tal vez le habría dicho que si. Que con algo de gusto me iba a cualquier lugar en el que las personas nos sonrieran y nos dijeran que éramos buenos, que nos querían e íbamos a estar bien.
La mujer me dio un jalón hacia adelante, no me retuve en mi lugar porque un golpe me cambiaria por completo, porque me haría despertar, darme cuenta de lo que vivía y que mi inteligente subconsciente se estaba encargando de maquillar con pensamientos amables y de una mejora garantizada.
Entonces me di cuenta que estaba siendo escogido, era el primero y los dejé que me miraran. Que sus pensamientos me alejaran por completo de lo que en realidad eran, pensaba que ellos planeaban algo bueno para mí. Saliendo de eso que llaman mediocridad.
La niña dos lugares más adelante también fue escogida, como si de todas formas no lo fueran a hacer con los demás. Aun podía recordar las agujas en mi piel, llenando los frascos de pruebas que supe iban a ir a un laboratorio para ser examinadas, esas que les decían que estábamos sanos.
Desde entonces cualquier golpe me recordaba lo estruendos de esa noche, perdiéndose en el sonido de la lluvia, los gritos y al final el silencio, uno que a pesar de ser rápido, para alguien seria eterno. Dicen que el silencio es lo último que te acompaña. Que te mece hasta que no sabes nada más y todo lo ves blanco.
La luz de la bombilla incandescente balanceándose le daba un aspecto gracioso a todas las sombras que reflejaba contra las paredes. Las hacia bailar con esa alegría que podía imaginar posible, que se contaban chistes y se reían entre ellas. Como si las sombras fueran una parte profunda de las personas. Sus sombras al menos son felices e inocentes, se quieren separar de los cuerpos malos y quedarse para siempre con los buenos.
Cuando terminaron de revisarnos nos sentaron en sillas de madera que no eran del todo incomodas, no después de todos los días anteriores, le sonreí a la mujer delgada y con bata que se acercó a mí. Tenía una mirada ruda, como si en un principio odiara todo, incluso a esas mariposas que pasan frente a ti deseándote un buen día en la mañana.
Quise contagiarle mi sonrisa, todo lo real que pudiera tener de positivo.
No cambió su mirada.
Me dio unas palmadas en mi brazo, me ató una liga hueca de goma elástica fuerte, tanto que pensé que me lo arrancaría.
No vi como frente a los otros cinco niños y niñas también había alguien, sentado en una silla igual a la mía. En una casa blanca con un camión refrigerador de una marca falsa esperando afuera.
Unos soltaron sus lágrimas, ni mirarlos me habría hecho sentir tan bien.
No observé la aguja de la jeringa mucho porque me haría tener miedo. Como esas noches de luces extintas y ronquidos burdos.
La sentí introducirse en mi piel hasta al fondo, dejar un líquido frío que se volvió cálido y abrazador en un pequeño punto diminuto donde la aguja salía.
Sonríe, seguí escuchando, no dejes de sonreír.
Y así lo hice.
Recibí la muerte con una sonrisa eterna, esa que me vería en un momento y que recordaría antes de que yo llegar a alguien más. Varios más. En diferentes partes de sus cuerpos, porque ellos querían seguir viviendo.
Y yo solo quería ser feliz.
Este es un relato que les comparto a falta de una reseña, aun.
Espero que lo entiendan porque me ha salido con rapidez.
Nos leemos pronto...