sábado, 1 de diciembre de 2012

Relato: Se acaba

-¿Y si se acaba? 
-No. Imposible. 
-Cómo que imposible, si lo dicen claro que lo es ¡Es posible! 
-Pero primero nosotros. 
-¿Nosotros? ¿No es lo mismo? 
-No. Nosotros primero, luego el mundo. Estoy seguro de que el mundo es de los que les gusta morir solos. 
-¡Pero sin nosotros no hay mundo! 
-Sin nosotros hay más mundo que nunca; jamás será tan feliz como cuando ya no nos tenga. 
-¿Es lo que cree la gente vieja? 
-No me importa la gente vieja, no me sirve de nada preocuparme por saber nada más de lo que ya sé. 
-¿Eso pasa? 
-Me pasa a mí, me siento bien estando así. 
-¿Bien siendo viejo? 
-Bien teniendo lo suficiente. Por más interesante que sea todo lo que hay por aprender, sé que no lo necesito. 
-Entonces yo tampoco. 
-¡Pero tú no eres viejo! 
-Pero te conozco. Debiste dejar que lo entendiera con el tiempo. Ahora ser viejo no me sirve de nada. 
-Ser viejo no le sirve de nada a nadie, por todo. No te gustará ser viejo. 
-¡Eso te decía! Por eso te pregunté sobre el fin del mundo. 
-Y yo ya lo he explicado. 
-Explicaste esto, sobre tu vejes, no sobre el fin del mundo. 
-Ah, ya te entiendo, ¿quieres que te cuente cómo lo imagino? 
-¡Exactamente! 
-Quien quiere algo claro debe pedirlo directo, no con esa tontería que parecía moda. 
-Moda no es, nunca ha sido moda. Futuro sí. 
-A mí el futuro, donde ya no estoy, me interesa demasiado, por eso no me gusta pensar en él. Nos pone tristes a nosotros los “viejos”. 
-Pero lo has pensado, no te atreves a negarlo. 
-Claro que no. Lo he pensado, por supuesto. 
-¿Y entonces? 
-¿Entonces qué? 
-Y dale… ¡Que me cuentes cómo te lo imaginas! 
-Sin nosotros. 
-Eso no. El fin del mun… de nosotros. 
-También me he imaginado el fin del mundo, por cierto. 
-Pues cuenta. 
-¿Cuál de los dos? 
-Los dos, que hay tiempo. 
-Bueno. El fin, nuestro fin, llega a mí por la gente tonta. Esa que se cree lista, que estudió joven, que toca la tele. Ellos, harán algún día algo muy malo, como en las películas, pero en mi idea son simplemente tontos. Esa cosa se les irá de las manos, nos enfermaremos, del cerebro tal vez, una fiebre muy fuerte, que quite todo el calor al cuerpo. Nadie vivo, nadie feliz. 
-¿Así nomás? 
-¿Te parece poco? 
-Muy, muy poco. 
-¡Pues poco tienes el cerebro! Si está bien claro. 
-Claro para ti, que te conformas con poco. 
-No es poco, es suficiente. Me lo imagino y ya. Tal vez sea al hielo o el sol, el agua o el sexo. 
-¿El sexo? 
-El sexo enferma, antes no. Te enferma el cerebro, te da comezón. Si no fuera por el tonto y el chango otra cosa hubiera sido. 
-Otra enfermedad, querrás decir. Siempre hay una. 
-Y habrá más. 
-Ah, sí. Montones de más. 
-¿Ya entiendes? A eso me refiero. 
-Sí, sí. Creo que te entiendo. 
-Perfecto. 
-¿Y el mundo? 
-Nah… es cruel pensar en eso. Lo quiero mucho como para contarlo. 
-¿No me quieres a mí, tu nieto? 
-¡Te quiero! Pero no como al mundo. 
-Con que me quieras debería bastar, no te puede hacer más el mundo; ya eres viejo. 
-Que me mate y verás, nomás por decirlo. 
-¡Miedoso! 
-Miedoso, tú. Eres de los tontos. Y peor aún: de los que no saben nada. Si no, no me estarías preguntando. 
-Miedoso, tú, te digo. Le temes al mundo. 
-Le temo, como todos, pero yo ya me di cuenta. 
-¡Cuenta! No se puede enojar más el mundo, tus palabras no le harán nada. 
-Harán algo, en ti, y tú estás en el mundo. Formas parte de él. 
-Entonces, entiende, no se va a enojar. No puede sentir diferente a como lo hago yo. 
-Jamás debí decirte esto. Ni me acuerdo de dónde salió esta conversación. 
-De los dos. 
-De ti, estoy seguro ¡Agitador! 
-Por favor, abuelo. ¿Me vas a contar? 
-No debería. Pero ya quiero que te calles. En cualquier momento me da sueño. Lo soñé una vez, por cierto. 
-¿El fin? 
-Sí. El fin. Feo todo, espero que no sea así. 
-¿Tan feo? 
-Horrible. Ahí estaba Carmelita, la que desgreñó a la abuela. Esa mujer, ni muerta me deja en paz. Pero no le cuentes a la abuela. Le conté de mi sueño esa mañana hace algunos años, torció la boca y me dijo: ¡La muy maldita! Ya te veo soñando con ella, viejo sonso. Si no la hubieras querido no la estarías soñando. Le dije entonces que no me gustaban sus ojos, la pobre Carmelita los sufría mucho. De un color diferente todos los días. 
-¿Y eso qué tiene que ver? 
-A eso voy, a eso voy, no seas glotón. Te digo eso porque los ojos de Carmelita, los reconocí enseguida, estaban mirando al cielo. Bien cerca, estoy seguro que si hubiera dado un salto lo habría tocado. Sus ojos combinaban con el cielo, también. De venas, sonrojados, irritados, pero no tanto. Así es el cielo en sus tardes bonitas. Cuando el día no fue tan malo y le quedan ganas de despedirse con nubes desteñidas. La gente lo mira y dice: “qué bonito cielo”, un ratito, luego se van. No saben aprovechar, por no mirar al cielo es que necesitan lentes. 
-¿Y luego? 
-Se quemaba. Se volvía rojo, preocupante, naranja. Fuego. Hacía calor. Ni tiempo de gritar tuvo Carmelita. Sus ojos, al menos, lo único que le vi, se derretían, como vela barata, de esas que manchan las mesas. Quemaba el cielo, seco, rudo. El sol traicionaba al mundo, nomás porque puede. 
-¿Tú crees que sea así? 
-Con que no lo vea me conformo. 
-Todavía te veo bien, chance y llegas. 
-Yo mismo te aviento al cielo si me toca verlo. Pero yo sé que no. No hace falta amenazar. Ni tú mismo verás algo así. No creo que sea así, exactamente. No creo que sea de ninguna forma pensada o por pensar. Sólo los viejos le atinarían, y el mundo es viejo. Espero tenga la razón, sobre su propio fin, y esté preparado. Valiente para cuando llegue. 
-Me pones triste. 
-Si lo decía por animarte. Tú me preguntaste, para empezar, le puse mi toque de bien, para que suene bonito. 
-Si bonito sí suena, pero a la forma triste. 
-¿Eso se puede? 
-Me sorprende que lo preguntes. Tú eres el viejo, tú deberías saber. 
-Pues… sí. Pensando creo que lo entiendo. Pero no todo lo triste puede ser bonito, si no la gente no lloraría amargo, sintiéndose el centro de lo injusto. 
-¿Pero crees, de verdad, que en algo le atines con ese sueño tuyo? 
-No creo, no quiero, no puede ser así. Aunque nadie lo vea, quemarse vivo está feo. De lo peor. 
-De algún lugar tuvo que haber salido ese sueño. 
-Fabricado, por el día. Pensé en Carmelita. Nunca supe si había muerto, pero estoy seguro que sí. Espero haya sido feliz, en lo posible. Yo miraba el cielo, era de esos días, como te dije. La abuela manchó la estufa; se le pasó la leche. Así se crean los sueños. Fue obvio cuando me puse a pensar. 
-Pero no todos. 
-No, claro que no todos. Este, por ejemplo. 

Autor: Erickold.

Escribí este relato hace unos meses, sin pensarlo ni planearlo. Salió, con voz y todo. Lo leí hace poco y le encontré montones de significados. Se me había olvidado que lo tenía, ya me conocen. 

¿Qué les parece? 

¡Hasta la próxima!

2 comentarios:

esa estrella... dijo...

Está muy bien ;)

besitos<3

Łĭłĭŧћ dijo...

Me ha gustado mucho :D
También pienso que el mundo estaría mejor sin nosotros.

Saludos!